Curso de Milagros y Gestalt

Horario: Enero a diciembre 2020. Un jueves al mes, 18 a 20 .
Teléfono: 648-058-496

Muchas personas de mi círculo de amigos, conocidos y clientes, tod@s dentro del mundo terapéutico – gestáltico, me han preguntado sobre Un Curso de Milagros (UCDM). Han oído hablar de él, o han leído algunos pasajes o, incluso, lo tienen en sus estanterías pero les parece demasiado tocho para este (o cualquier) momento de sus vidas.

 

Por otro lado, muchas de mis personas conocidas dentro del mundo de UCDM, a quienes accedí gracias a trabajar como intérprete en las ediciones del Ibiza Enlight Festival de 2017 y 2019, y como organizadora del Congreso Online Awaken to Love 2018, me han preguntado cómo es que no enseño el Curso, cómo es que no lo estoy expandiendo, tras 12 años leyéndolo y haciendo sus ejercicios intermitentemente de forma autodidacta.

 

A unos y otras no he sabido muy bien qué contestar. Hasta ahora.

 

Como mujer cincuentañera educada en la España católica y franquista de los 70-primeros 80, el profundo desencanto y rechazo de todo lo religioso, a partir de desarrollar una conciencia crítica y cuestionadora al final de la adolescencia, me llevaron a pasar unos años perdida en la nada que suponía un limbo espiritual. Debido a diversas vivencias, me sumí en un estado interno de terror ansioso aderezado con lecturas existencialistas a cual más tétrica y oscura. Resumiendo mucho, la idea era no había nada más que lo que veía y sentía, no había nada después de la muerte y, sobre todo, que no había posibilidad de escapar de la angustia y del vacío oscuro provocado por la desesperanza y la absurdez de semejante destino. Este panorama poco halagüeño se convirtió en parte de mi identidad personal. Dios era un invento de personas crédulas y débiles, que no soportaban vivir la desnudez de la vida, y su dura realidad, tal como era. Yo no era como ellas. Yo resistía, y vivía la vida ‘real’. La desnuda, cruda, oscura, intensa, determinista, desesperanzada y verdadera ‘vida real’ que, paradójicamente, me nutría de material interno para fantasear, escribir y revolcarme en un océano de derrotismo interno.

 

Sin embargo, no hay cuerpo ni mente que resista esta actitud maldita sin que le pase factura, tanto física como emocional. Pasé varios años de ataque en ataque de ansiedad, sintiéndome muy frágil, muy vulnerable, muy derrotada. Así que, más o menos a mis 25, llegó el yoga a mi vida como instrumento de paz y, poco después, la maternidad como medio para suavizar la permanente percepción de amenaza existencial. Unos años de tregua, por fin. Y, muy poco a poco, comenzaron a llegar a mi conocimiento informaciones de personas y filosofías milenarias que aseguraban que la vida, tal como la percibíamos, no era enteramente real. Que la vida era otra cosa, y que eso que muchos llamaban Dios, no era más (ni menos) que una experiencia interna de paz muy real, de seguridad y amor, independientemente de lo que ocurriera en la vida ‘real’, en el mundo. Que sólo había que reconocer y aceptar esa verdad, y entregarse a ella en cuerpo y alma, y la experiencia nos sería dada.

 

Quienes esto proclamaban, llamaban a Dios con otros nombres, tales como Conciencia, la Fuente, lo Absoluto, o el Universo, por poner algunos ejemplos. Y llamar a Dios con otros nombres, a veces peregrinos, me ayudaba a acercarme recelosamente a estas enseñanzas. Y me acercaba porque, curiosamente, todas proclamaban exactamente lo mismo: paz interna, ligereza, confianza en estar sostenido, amor incondicional, felicidad duradera…Al haber vivido tantos años en una desconfianza y alerta brutales, estaba exhausta. Y estaba dispuesta a transigir, porque quería esa vida, de paz y de calma, para mí. Esa vida que tantísimas personas describían como algo real, y al alcance de todos. Incluso en la Biblia, si la leía desde este prisma, podía ver estas mismas enseñanzas descritas con enrevesados ejemplos y comparaciones imposibles.

 

Sin embargo, me era imposible confiar, no del todo. Por carácter, por historia, por prejuicio, por sistema. Imposible. Por ello pasé años mareando la perdiz, leyendo ávidamente, discutiendo, preguntando, comparando, escuchando, pensando, cuestionando.

 

Y, entonces, apareció en mi vida Un Curso de Milagros. Pero no, no te motives con que fue la respuesta definitiva a mis plegarias y la solución a todos mis problemas, porque para nada. No lo fue. Pero sí fue una bofetada en todo el ego, en todas mis ideas sobre mí y sobre el mundo, y un recordatorio incansable y pertinaz de que la felicidad y la paz no las proporciona este mundo, ni lo que vemos, ni lo que sentimos, ni lo que conseguimos, por más que nos empeñemos. Literal y tocanarices a partes iguales, en un lenguaje patriarcal y repetitivo que lo flipas, el mensaje se reducía a eso. No había más. Y, aun así, no lo tiré por la ventana, sino que me lo leí, hice los ejercicios, y empecé, muy poco a poco, a fiarme de él. No era ni más elocuente ni más verdadero que otros libros o tratados que había leído anteriormente. Pero era cercano, en el sentido de pertenecer a mi misma cultura y estar dirigido a personas con entendederas occidentales, como las mías. Lo chamánico o lo oriental siempre me había atraído, era mucho más directo y sencillo, pero me resultaba más ajeno. Quizás por eso me atrajo el Curso.

 

¿Qué es, entonces, Un Curso de Milagros, y para qué sirve? UCDM es un libraco de auto-estudio cuyo objetivo es ayudarte a bajar del burro de tu propio autoengaño vital, y señalarte el camino a la Verdad, con mayúsculas.. Nada más y nada menos. Un texto denso y lleno de símbolos con nombres cristianos pero significados universales, aunque en mi opinión innecesarios por lo que confunden pero que, sin embargo, contienen un mensaje certero y veraz, si se consigue ir más allá del lenguaje. ¿Lo mejor? Las lecciones de desprogramación o entrenamiento, una por día durante 365 días. Un recordatorio diario de que la felicidad y la paz vienen de algo más allá de lo que vemos y percibimos, y un empujoncito con mano firme para poder retomar cuando te pierdes por el camino.

 

Y, ¿qué pinta la Gestalt en todo esto? Pues, según mi experiencia, las lecciones de UCDM bastarían para llegar al infinito y más allá, si no fuera porque nuestra mente, nuestro ego, y nuestra personalidad, están provistos de artillería a prueba destrucción masiva. Queremos sanar y ser felices, pero con nuestras condiciones. Y, a poco que nos adentramos en nuestro mundo interno y vamos topando con lo transpersonal, empezamos a darnos cuenta de que esto no es posible. Hay que rendirse, capitular, ceder las riendas, agachar la cabeza, soltar. Y esto no es tan fácil, pues las dobleces de la personalidad son muchas y, a menudo, desconocidas para nosotrxs mismxs. Con la Gestalt, aprendemos a ver qué nos dificulta, nos impide, o nos aprisiona, y cómo nos engañamos, una y otra vez. También nos ayuda a encontrar maneras de desbrozar el camino interno para poder avanzar en el camino hacia Dios.

 

Si, porque UCDM habla de Dios. Estar en Dios, vivir en Dios, ser hijo de Dios. Aún hoy, estas palabras me son difíciles de leer, cuanto más de pronunciar. Me sería más fácil decir ‘estar en la Vida, vivir en la Fuente, ser hija del Universo’. Pero he entendido que rechazar una palabra o una idea, me enreda y entretiene, y me impide abrirme a la experiencia. Así que he decidido rendirme a lo que soy, se llame como se llame.

 

Si te resuena esto y deseas asomarte a Un Curso de Milagros y Gestalt, estaremos en Espacio Humano a partir de enero 2020. Más info en administracion@farodelsur.​ es​ y en el tlf +34 648 058 496

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Be Pryce, terapeuta gestalt

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